sábado 29 de octubre de 2011

NADA EN LA BOCA



Cuando en una lejana ciudad de provincias el lector no tiene nada que llevarse a la boca, a veces conviene recordar cómo las vibraciones de la música eterna se encarnan en sencillas y animosas revistas de poesía. Desde un apartado lugar de Toledo, Olvido García Valdés y Miguel Casado vienen dirigiendo con gusto, con talento, con inteligencia, una humilde y eficaz revista de poesía: Los Infolios, una publicación “de culto” que ya pasa de la treintena de números con una periodicidad mensual, tras diversas épocas.
Los Infolios es una revista manual que tiene el aire ligero de una hoja volandera, a una tinta, en tamaño amplio, donde la magia del trabajo combina la poesía de un autor o autora, con dibujos de artista. Es el caso de los poemas de Aldo Z. Sanz y la obra plástica de Luis Costillo; o las “Definiciones mayas” de Mercedes Roffé con ilustraciones de Garikoitz Cuevas. Cada ejemplar es una agradable sorpresa, una ingeniosa novedad a un módico precio. Son poemas que se dicen a veces o sólo se piensan, fragmentos de conversaciones que se insinúanO
como el vuelo de los vencejos ante el frontal de una catedral barroca. A mí me gusta transitar por estas páginas grandes como un mundo de literatura, por estas hojas frágiles pero bien encaminadas, que se insinúan con la frescura de un paisaje o con la posibilidad de un “Limbo caníbal”. Sí, yo creo en la poesía de estos “infolios” que me llegan con la perspicacia de Miguel y la sensibilidad de Olvido, y sigo su huella con aire de perseguidor, porque sé que sus negritas y cursivas ya son eternas y aletean en una encrucijada. Menéndez y Pelayo nos decía: “Si no se leen los versos con los ojos de la historia, ¡cuán pocos versos habrá que sobrevivan!”, pero yo creo que los versos sobreviven a pesar de la opinión de don Marcelino. Son como balseros decididos en medio del océano de los poderosos mass media del nuevo capitalismo sin alma. El cristianismo protestante entendía el éxito como la sanción de la mano de Dios sobre el bendito. Los católicos preferimos enviar nuestras armadas invencibles mar abisal adentro, para que se cumplan todos los presagios. Pico della Mirándola creía que ninguna ciencia daba mejor prueba de la divinidad de Cristo Jesús que la magia y la cábala. Todos sus libros, la exacta cifra de mil ciento noventa y uno fueron comprados a su muerte por el cardenal Grimaldi, y perecieron, excepto uno, en un incendio posterior.
Estas hojas poéticas arden y vuelan con el soplo de la poesía que sobrevive a los incendios de los nuevos gurús de la literatura. Y yo me entretengo y me divierto contemplando cómo el viento de la verdad las mueve entre el luminoso bosque de la belleza. Los infolios han sabido conjugar la brevedad y la provisionalidad de la poesía, con la aventura de la ilustración en un discurso adquiere entidad y autonomía. Como la magia verdadera, la buena poesía tiene el don de la imprevisibilidad, y no siempre acontece en un lugar determinado. Que yo sepa, nadie ha iniciado todavía una historia de las formas en que la poesía llega a manos de los lectores. Para los condenados a las galeras de la prosa mal escrita, que aún creemos en los ángeles, estos “infolios” llegan directamente del cielo. A mí me recuerdan aquellos versos del poema de Stephen Spender dedicado a la España republicana, Spain 1939: “Nuestras ideas tienen cuerpos; las amenazadoras formas de nuestra fiebre./ Son precisas y viven...”. Ideas con cuerpo, formas de la constancia y de la fiebre. Nada en la boca, todo en el corazón.