
La historia de la España del siglo XIX y buena parte del XX está repleta de ejemplos detestables de corrupción y soborno, de pagos indebidos con fondos públicos, corruptelas, prevaricaciones… una historia triste de indignidades provenientes, lamentablemente, de la actividad política para un país que se ha caracterizado por lavar con sangre de su ciudadanía las diferencias históricas. Un país que se ha caracterizado por una tradición de entender la política, ésa que Ortega y Gasset llamaba la “vieja política”, la caciquil y oligárquica, la de la España vieja de Antonio Machado, la de los señoritos ligeros de cascos, la de los toreritos de tronío de buena familia… En el proyecto orteguiano una minoría selecta había de asumir el proyecto de modernización de una España a la deriva. El filósofo español desconfiaba de los partidos políticos y de las urnas. En aquel discurso "Vieja y nueva política", que Ortega pronunció el 23 de marzo de 1914 en el acto fundacional de la Liga de Educación Política, presentaba la recién fundada organización (en abierto contraste con la "vieja política" de los partidos del turno) como la materialización de un nuevo modo de entender la política resultante, en gran medida, de la implicación en la misma de dos grupos hasta entonces sido sistemáticamente excluidos de ella: los intelectuales y la juventud, grupos ambos que coincidían en una "juventud intelectual" de la que Ortega pretendía erigirse en director y guía político. La juventud y los intelectuales son clave de la nueva política de Ortega, de una política de la dignidad, que venía a sustituir a la vieja política de la alternancia en el poder de los partidos con líderes que alargaban durante décadas su presencia en la vida pública.
Felipe González volvió a ofrecernos una lección política valiosa en torno a la diferencia entre lo que significa vivir de la política (la vieja política) y vivir para la política, entendida ésta como una actividad racional de entrega al servicio público.
En los últimos meses numerosos escándalos han venido saliendo a la luz, también en el caso de Castellón.
Es la charanga de los políticos corruptos, del silencio cómplice de los compañeros de partido, de la mirada condescendiente del vecino y del colega que compartió mesa o estudios aquella tarde de aquel año, el “ya sabes cómo es…” Pero es mucho más que eso, es el culto al dinero sucio y a la mentira organizada, es la estrategia del insulto y de la percepción ciudadana de que toda la política es igual, está podrida y no tiene remedio.
Hemos de repetir una vez más la frase de Ortega: “No es esto, no es esto”, hoy de triste actualidad por motivos todavía históricos. Hemos de seguir pidiendo dignidad para la vida pública, y hemos de devolverle a la actividad política esa dignidad perdida por la acción miserable de unos cuantos que han creído poder ubicarse al margen de la ley, haciendo creer a los ciudadanos que su voto y la victoria electoral les convierte en impunes e inocentes. Es necesaria una profundización democrática, un reconocer nuestros errores históricos (por eso siempre es tan importante la memoria, por eso hay quienes no quieren saber nada de ella). En los primeros años del siglo XXI volvemos a estar necesitados de libertad, de sentido de la convivencia y respeto a los demás, de dignidad democrática. La victoria en las elecciones da el poder, no la razón ni la honorabilidad. Y algunos parecen haberlo olvidado.
Hemos de repetir una vez más la frase de Ortega: “No es esto, no es esto”, hoy de triste actualidad por motivos todavía históricos. Hemos de seguir pidiendo dignidad para la vida pública, y hemos de devolverle a la actividad política esa dignidad perdida por la acción miserable de unos cuantos que han creído poder ubicarse al margen de la ley, haciendo creer a los ciudadanos que su voto y la victoria electoral les convierte en impunes e inocentes. Es necesaria una profundización democrática, un reconocer nuestros errores históricos (por eso siempre es tan importante la memoria, por eso hay quienes no quieren saber nada de ella). En los primeros años del siglo XXI volvemos a estar necesitados de libertad, de sentido de la convivencia y respeto a los demás, de dignidad democrática. La victoria en las elecciones da el poder, no la razón ni la honorabilidad. Y algunos parecen haberlo olvidado.
