viernes 18 de noviembre de 2011

EL BIEN DE LA ECOLOGÍA





Hace ahora más de diez años Joaquín Araújo era finalista del Premio Espasa con un ensayo titulado XXI: siglo de la ecología, adonde emitía una seria y profunda llamada de atención frente a la indiferencia de nuestra sociedad hacia la Naturaleza, y nos exponía sus planteamientos en torno a una terapia de la hospitalidad. Era una inteligente y previsora llamada de atención en torno a nuestro modo de vida, y especialmente a la manera en que abordamos nuestra relación con el entorno natural y social.
El ecologismo es hoy ya un sólido movimiento social, en gran medida activista y beligerante, que se aplica a todas las facetas de la vida pública, y que supone la toma de conciencia frente a una sociedad excesivamente, y exclusivamente, banal y consumista.
Dentro del ecologismo ya podemos recorrer tendencias como el conservacionismo, el ambientalismo, el naturalismo… que no son sino distintas formas de expresar una misma realidad compleja: nuestra preocupación por la degradación no sólo del medio ambiente, sino de nuestro sistema de vida. Incluso el excursionismo es un primer peldaño, tan positivo, que invita a la contemplación y admiración de la naturaleza, en este momento en que el sedentarismo y el exceso de comodidades inundan nuestra forma de abordar el día a día. A los responsables políticos nos compete salir de nuestra autocomplacencia y asumir políticas arriesgadas, y no siempre rentables electoralmente, que redunden en una mejor calidad de vida para nuestras familias y para todos aquellos que nos sucederán.
Lo ha dicho Joaquín Araújo, con voz antigua y pulso renovado, los paisajes todavía vivos aman nuestras pisadas y temen nuestras manos. Cuando hay miles de paisajes que ya han escrito su testamento, y en toda la provincia de Castellón tenemos ya una amarga experiencia de ello, no dejemos que en el lugar del hombre sólo estén las cosas. La conservación de nuestro paisaje y la ordenación del territorio parecen ir reñidas con el urbanismo y el desarrollo económico: ése es el discurso con que el pensamiento conservador y reaccionario suele amenazar cualquier alternativa progresista de desarrollo sostenible y de urbanismo racional, que nos den mayor calidad de vida e incrementen de manera equitativa la riqueza para todas las personas que forman parte de nuestra sociedad. El urbanismo de calidad, las buenas políticas de movilidad, las inversiones adecuadas y racionales por parte de las administraciones públicas, la gestión sostenible del territorio deben ir encaminadas a incrementar no sólo la riqueza de unos pocos (¿tal vez los de siempre?), sino de toda la sociedad. Porque la riqueza y confortabilidad de los otros es, en el fondo, motivo de nuestra seguridad y satisfacción.
Los responsables políticos hemos de pensar en clave solidaria, mirando por la igualdad de oportunidades; y hemos de sentar las bases para una ciudadanía cosmopolita, proponiendo eso que los filósofos han dado en llamar alternativas humanizadoras y viables, porque la calidad de vida siempre está cerca del arte de la moderación, lejos de la presunción y del exceso. Yo creo en el prudente como aquel que sabe lo que le conviene en el conjunto de la vida, y sabe conjugar ese deseo con el bien común y el interés ético, no desde el individualismo y la exclusión, sino desde la solidaridad y la justicia.
Creer en esta filosofía y convertirla, en el eje del tiempo, en acciones políticas adecuadas y beneficiosas para la sociedad, no es sólo cuestión de ingenuidad: es cuestión de asumir una responsabilidad y, sobre todo, de tener eso que la sabiduría popular española siempre llamó “vergüenza”. Porque, como dejó dicho Lope de Vega, “Quien no tiene vergüenza, ¿qué bien tiene?”.