miércoles 30 de noviembre de 2011

‘JOSÉ ALBI’ SKYLINE



A José Albi lo he conocido años atrás una primavera lírica en el IVAM de Valencia, mientras la lentitud de los parques se iba apoderando suavemente del orden racional de las cosas. Se conmemoraba medio siglo del nacimiento de la colección y del premio Adonais de poesía. Entonces yo era un joven ignorante aprendiz de hombre, un torpe poeta que ya miraba los caminos con el alma al hombro (ahora soy un viejo ignorante que no ha aprendido nada de lo que debería haber aprendido...) Y aquella tarde descubrí que su poesía tenía una dimensión distinta cuando él vocalizaba cada verso, lo colgaba de un filo imposible de sonidos con el diapasón maravilloso de la lluvia lenta entre sus labios. Era una celebración de caminantes a la orilla del olvido, navegantes que a brazo partido habíamos escrito poemas con la muerte en el rostro y el corazón en la punta de la pluma. Allí Pepe leyó como ninguno otro de los presentes, con la voz de la ciudad acunada en cada sílaba, porque nadie ha encontrado la naturalidad y la sordina de una tristeza compartida en su verso como él. Nadie lee hoy ya como Pepe Albi, con esas alforjas de monte alto y sombra roja y leve recorridas de intuiciones y talento poético. Nadie ve hoy ya la ciudad como Pepe Albi, en ese momento perfecto en que la construye una mística presencia. Desde entonces hemos compartido tardes de poesía al calor de la honestidad de los Premios de la Fundación Mainel, que nos iba convocando minuciosamente con vocación de puente y de camino. Y yo he ido aprendiendo de esa lentitud con la que él ama cada cosa que hace.
Ahora, el Consell Valencià de Cultura le ha publicado una antología, prologada y seleccionada por Jaime B. Rosa, que lleva por título El orden cronológico de la soledad. Es una antología blanca, llena de mandrágoras y capiteles, recorrida por el amor a la poesía y la pintura, por un amor que no se cansa de ser él mismo al cabo de los años. Hay un Picasso azul, un pequeño arlequín y a todos nos pasa lo que dicen sus versos: “Os lo juro./ No comprendo las cosas. No entiendo nada,/ nada de la vida del mundo” (Pobres en la orilla del mar). Y sobre ese misterio de la menesterosidad hemos edificado nuestra casa.
Sé que todas estas palabras que ahora escribo son palabras escritas en la arena, y me llevan al claustro en sombra de una vieja patria que cantamos en trenes de largo recorrido. Sé que esta torpe elegía de abril no es nada en las manos ante la eternidad de mi afecto y de mi agradecimiento por el hecho de honrarme con su amistad. Decir los premios que ha recibido sería incomodarlo y recitar sus libros y sus versos sería faltar a la verdad de este poeta que vive una ciudad construida, verso a verso, a la mágica medida de su corazón.
Ahora sé que este poeta que quiero y admiro es una ciudad que me mira con una luz que los años y los versos acrecientan. Es una “calle silenciosa”, un “corazón desierto”, el “rumor del olvido”, que como el mar comienzan y no terminan. Ah, sí, yo ya sé dónde encontrarme con Pepe Albi “bajo palabra de amor”, en una plaza valenciana con forma de elegía, alegre en ese torrente de cielo y pólvora redondos como un mundo en el que juegan dos niños. Es una ciudad que podría ser la Dublín de Joyce, pero es una ciudad mediterránea que recorre Pepe desde la bendición de un ciego tocado de la lenta ingravidez del aire... y entonces sucede ese mensaje inesperado, un hombre existe: “¡Pasen , señores, pasen, suban al carrusel!” Esto es un poeta.