
La editorial Brosquil, en colaboración con los Libros del Zorro Rojo, publicó la traducción de César Aira, ilustrada por Luis Scafati, de La metamorfosis, el genial relato de Franz Kafka. Tradicionalmente, la suerte de Kafka en castellano va ligada a ediciones argentinas. La editorial Losada de Buenos Aires publicó La metamorfosis en 1943 (en 1939 había publicado El proceso).
El relato de Kafka es una de las ficciones más relevantes de la literatura del siglo XX, configurada a través de una intensa pesadilla en la que Gregorio Samsa despierta de un sueño transformado en un insecto monstruoso.
En la vida y en la obra del joven Kakfa no hay caminos previstos ni seguridades humanas. Toda su obra se configura como un gran símbolo elusivo, repleto de ambigüedades y alusiones encubiertas, de inferencias y descubrimientos que convierten su obra en un enigma que cada generación ha de descubrir e interiorizar desde las propias claves temporales y personales.
Kafka es un autor molesto e implacable, incómodo y radical, amante del detalle y de la significación imprevista, denunciador de la impostura que se aleja de la literatura entendida como celebración y nos invita al camino en el laberinto de nuestras pesadillas sociales.
A menudo pienso que debería ser una lectura recomendada a toda la clase política. Más aún cuando sabemos que toda la obra que quiso publicar cabe en menos de doscientas cincuenta páginas. Sus protagonistas abren los ojos en la cama y descubren que el tejido de sus sueños les conduce a la pesadilla de una realidad que no entienden y que les hiere en su ambigüedad y en su naturaleza monstruosa. Esta ingeniosidad perturbadora del viajante de pañuelos adoptado por una familia que le reconoce en su deformidad, y le acepta en su insignificancia pequeñoburguesa, es una metáfora de nuestra condición existencial. Se trata de un insecto que finalmente tiene sensibilidad para la música. Como nos enseñó T. W. Adorno “lo que choca no es lo monstruoso, sino su evidencia”.
La incomodidad de Kafka se parece a las evidencias que las urnas ofrecen tras unas elecciones en las que todo el mundo parece haber ganado. En sus relatos la humanidad parece un rebaño sumiso necesitado de una clase dirigente caracterizada con atributos que se transmiten de padres a hijos. Siguiendo esa peculiar lógica de los sueños, en El proceso nos desvelaba la parábola de un encausado que ignoraba la razón de sus imputaciones y que defendía su inocencia contra las evidencias de una humanidad empeñada en condenarle. Como la obra de Robert Musil o la de Max Brod, la escritura de Kafka nos sume en el aplazamiento de nuestros deseos y pesadillas.
Cualquier día los integrantes de la clase política aprenderemos de Kafka y su legado: tal vez dejemos de confrontar insultos y vacuas estrategias, y escucharemos una sinfonía de Mahler contemplando el virtuosismo de la paleta del pintor sobre un cuadro, si es que para ese día todavía quedan paletas y cuadros. Hilvanaremos la realidad con la complicada lógica de los sueños, sabiendo que la impaciencia es uno de los pecados capitales.
