martes 1 de noviembre de 2011

La luz de la memoria




El siglo XX ha sido un siglo convulso, un siglo recorrido de crisis, violencia y catástrofes. Ahora empezamos a ser conscientes de ese infierno para la historia de la humanidad que constituyó buena parte del siglo XX. España pagó muy caro su recorrido en la parte central del siglo, con el cenit de una guerra civil que fracturó la convivencia y constituyó un imperio del miedo y de la sangre.
Los actos de violencia y terror que siguieron al pronunciamiento del 18 de julio son algunos de los episodios más tristes de la historia de España: no fueron bajas militares, sino asesinatos; “un reinado del terror que ningún demócrata actual debería defender”, en palabras de José Álvarez Junco. Tras la guerra, que termina con la victoria de los sublevados, la dictadura del general Franco continúa con intensidad la dinámica de ejecuciones, penas de cárcel y represalias; ahora con una notable diferencia, a partir de 1939 ya no se generan víctimas por ambos bandos, únicamente se ejerce la violencia sobre los vencidos.
La reflexión en torno al contexto sociopolítico de la República y los hechos correspondientes a nuestra guerra civil constituye el eje que articula el lúcido ejercicio sobre nuestra historia y su pervivencia en el recuerdo colectivo . Lo dijo Max Aub “Sólo el que se declara vencido perece”, y él supo mantener e ilustrar, desde su militancia socialista, una forma de estar y de entender un mundo en permanente estado de guerra y entreguerra. Esta memoria es, en cierto modo, una forma de permanecer y perdurar contra el olvido. Es también una forma de lucha, la vieja memoria como forma de combate en una patria que acaba convirtiéndose en “Mater dolorosa”, en paño de lágrimas donde ejercieron la violencia unos y otros, incapaces de articular un diálogo y un proyecto político según las bases del consenso. Esta vieja memoria es por tanto una forma de perdurabilidad de todos aquellos que perdieron la guerra y sufrieron el exilio, en contraste objetivo con las versiones de los otros, aquellos que ganaron la guerra y ejercieron la represión sobre los vencidos.
Pocas veces el historiador, el autor literario o el cineasta, tienen ocasión de ofrecer el testimonio de esas dos partes en un discurso contrapunteado. Creo que se trata de una ocasión única.
Hoy tenemos, además, otro privilegio en el momento de acercarnos a estos textos y a los momentos históricos que representan: el privilegio de contemplarlos con la lejanía que dan el tiempo y el período democrático que hoy disfrutamos.
La idea inicial del film titulado La vieja memoria consiste en recoger el testimonio de personajes protagonistas de nuestra guerra civil (1936-1939) en un metraje largo en blanco y negro, de 160 minutos, con montaje de Teresa Alcocer, fotografía de José Luis Alcaine y Teo Escamilla –entre otros-, y guión y dirección de Jaime Camino.
En aquel momento, 1977, la mayoría de las personas que ofrecen sus testimonios gira en torno a los setenta/ochenta años, y muchos de ellos vivían todavía en el exilio o se trataba de personas de difícil localización. Jaime Camino elabora un metraje ambicioso, en el que intercala imágenes de archivo con declaraciones de personajes destacados del momento político (Abad de Santillán, Raimundo Fernández Cuesta, José María Gil Robles, Dolores Ibárruri, Serrano Súñer…).
Camino elabora un guión atrevido centrado en momentos álgidos de la guerra en los que la participación de alguno de los personajes hubiese resultado altamente significativa: es el caso del advenimiento de la República o de la defensa de Madrid por parte de la columna de Durruti, que había sido la idea nuclear del proyecto. Entre la nómina de personajes tenemos anarquistas (Eduardo Guzmán, Federica Montseny o Diego Abad de Santillán), falangistas (Raimundo Fernández Cuesta, David Jato), comunistas (Enrique Líster o Dolores Ibárruri), políticos catalanes (Josep Tarradellas, Jaime Miravitlles,)…
El discurso fílmico se articula en ocho momentos clave de aquel trienio sangriento: 17, 18 y 19 julio (el levantamiento), la revolución, la violencia, la defensa de Madrid, ¿Guerra o revolución?
Y van a permitirme que introduzca una pequeña reflexión en torno a la relación intertextual que se establece entre el libro que hoy tengo el honor de presentar y la película.

El documental
Camino construye un texto fílmico y Ediciones Ellago nos entrega un libro que reproduce el guión, fotografías, un texto introductorio de Jaime Camino y otros elementos documentales valiosos que completan la perspectiva de la película veinte años después.
Dos textos sobre un mismo hecho artístico y estético, que tiene un valor histórico, político y social fundamental. El libro ofrece elementos muy atractivos que completan la visión del documental, así por el ejemplo el anecdotario: la entrevista con Ramón Serrano Súñer (pp. 12-3), o la reflexión irónica de Jaume Miratvilles sobre revolución y prostitución.
Sobre el caos del material grabado, Camino introduce un principio de orden que se traslada eficazmente a la lectura del libro:
“He de confesar que al encontrarme con 40 horas de rodaje, y por lo tanto otras tantas horas de diálogos, no sabía cómo proceder para el montaje.” Camino transcribe finalmente buena parte de los diálogos que completan la narración de los hechos a que se refieren. Unos y otros van y vuelven sobre las fechas y los hechos: el proceso revolucionario de octubre de 1934, el advenimiento de la República y los primeros atisbos de una resistencia militar al resultado de las urnas.
Al margen de la validez del filme, que constituye una de las más valiosas joyas del cine español documental histórico, el libro nos ofrece la posibilidad de la lectura meditada y entonces surge algo fantástico, un relato nuevo y polifónico de voces y participantes, de visiones y posturas diversas que distan mucho de una visión unívoca e imparcial. Esa riqueza de texturas nos ofrece la historia de España como un complejo de vivencias en que luchan, se baten, corren paralelas distintas visiones del país, de sus conflictos y soluciones y una conclusión común en cuanto a lo que hubiera debido evitarse.
Yo quiero creer que hay una conclusión común, todos son conscientes de que se equivocaron porque triunfó el camino de la violencia al del diálogo y la negociación.
Pero a la luz de las intervenciones nada parece claro ni evidente, todo vuelve a tener la espesura y la complejidad que sin duda tuvo para todos ellos en aquel tiempo, y ahí el libro no repite, sino que complementa la riqueza de imágenes del documental, se convierte ahora en su aliado para darnos una visión más compleja, más poliédrica de los acontecimientos vividos desde la autenticidad de la vivencia personal (rememorados ahora desde la lejanía del recuerdo en el tiempo).
Guerra y/o revolución, alzamiento nacional, disputas políticas y estratégicas en uno y otro bando, conforman la banda sonora que acompaña un largo reguero de sangre y de violencia institucional en la historia de España.

Pasionaria nos proyecta sobre el momento del exilio. No es un guión cinematográfico, sino un libro de diálogo con estructura de entrevista donde Jaime Camino toma la palabra activamente. “Mi oficio no es el de historiador, ni el de periodista. Ni mis intenciones entran en cualquiera de estos campos” (15), nos dice el autor comprometido y solidario con la suerte de su interlocutora.

De nuevo tenemos el testimonio vivo, filmado, oral y gráfico, de una de las protagonistas-símbolo del siglo XX español. Pasionaria como símbolo del drama de tantos y tantos hombres y mujeres que han transitado nuestra historia reciente. Icono de veneración para muchos y detestada por los vencedores.

En sus conversaciones en Moscú transcribe cuatro días de entrevistas intensas, en su casa de la vieja capital soviética, pocos días antes de regresar a España tras 38 años de exilio. En ese recorrido, Dolores Ibárruri repasa sus orígenes políticos, su incorporación al PCE, su participación como activista comunista durante la República, su contribución y la de los comunistas al combate contra el fascismo y recuerdos, como el de aquel comentario de Azaña: “Yo que siempre he luchado por la paz y me veo obligado a hacer la guerra”.

A lo largo del diálogo con Jaime Camino, Pasionaria reconstruye su visión de lo ocurrido en los años treinta a través de la niebla del pasado. “Recuerda a través de esa niebla y le duele el corazón”, constata el escritor. Y ello no resta un ápice a la riqueza interpretativa del documento; al contrario, le añade el valor de la reflexión y de la mirada emotiva desde el exilio.

Siempre la guerra que marcó nuestro siglo XX. Pasionaria repasa con su interlocutor las causas de la derrota de los demócratas contra el fascismo. El debate dramático entre la guerra o la revolución; la situación internacional, que alumbraba en aquellos años la bestia del nazismo y dibujaba el eje Roma-Berlín; la indiferencia, la incomprensión o la indecisión de los gobiernos democráticos del Reino Unido y Francia.

Es esta, sin duda, una lectura recomendable para conocer las consideraciones que sobre todo ello tenía Dolores. Y sobre otros asuntos apasionantes como las relaciones con la Iglesia católica, con los anarquistas, y los detalles personales que conforman los retratos de Azaña, de Negrín, de Largo Caballero, Durruti, Líster, Companys…

Hoy hemos de ser especialmente respetuosos con las valoraciones de lo sucedido en aquellos años, y también cuidadosos con la esa vieja memoria que aún ilumina el sendero del diálogo, de la razón, de la participación democrática, del consenso, como el lugar común que nunca se debería haber abandonado; el sendero común por el que debemos seguir caminando en paz y en democracia.