sábado 19 de noviembre de 2011

La universalización del conocimiento


Vivimos nuevos tiempos que exigen nuevas actitudes y nuevas respuestas desde la responsabilidad política a las necesidades de los ciudadanos. La sociedad compleja del siglo XXI se enfrenta a retos sociales, culturales y económicos que obligan a plantear cambios continuos en las formas de acceso al conocimiento. La explosión tecnológica de las dos últimas décadas ha permitido avances sustanciales en la educación y en la cultura occidentales, ha elevado el umbral de la ciencia y el desarrollo industrial, y ha abierto a la ciudadanía un mundo de posibilidades que hasta hace bien poco quedaba al alcance de las elites intelectuales o económicas. Esta generalización del derecho al conocimiento puede llegar a tener consecuencias perversas: la parte de la humanidad que vive sumida en el subdesarrollo ha sido apartada con desprecio de la internacionalización de las oportunidades que representa las tecnologías de la información y la comunicación, las célebres TIC. La brecha digital no sólo no ha ido estrechando el cerco que separa las dos orillas del mundo (el norte rico, pujante y el sur pobre, depauperado), sino que la distancia se ha ido ensanchado hasta alcanzar un trecho que, hoy por hoy, se antoja insalvable.
La conmemoración del Día Internacional de Internet es un motivo oportuno para lanzar reflexiones en torno al papel de las tecnologías en el establecimiento de pautas y políticas de progreso. Sin exclusiones. La democratización de la cultura y la educación deben fijarse como estrategias esenciales para el aminoramiento de las diferencias. La sociedad opulenta que retrató John Kenneth Galbraith se ha convertido en una sociedad opresora, una sociedad endogámica a la que le cuesta esforzarse en implantar criterios de justicia y de solidaridad universales. Quienes disfrutamos de la prosperidad somos ajenos a las dificultades de aquellos que tienen mucho menos. Encendemos el ordenador portátil de última generación, con ADSL y conexión wi-fi, para comunicarnos con el vecino, sin percatarnos de los millones de personas que viven en el analfabetismo tecnológico, en condiciones de vida que ni siquiera se plantean situar este debate en las prioridades sociales de las próximas décadas.
Internet, sin embargo, puede ser una herramienta de futuro para los países en vías de desarrollo. Iniciativas como las de Nicholas Negroponte y su proyecto OLPC (un portátil para cada niño, en sus siglas inglesas) refuerzan el concepto de Internet como motor educativo y cultural. En esa línea de universalización de las tecnologías de la comunicación es en la que merece la pena insistir en una efeméride como la de hoy. La información libre que circula por esa democracia anárquica en la que se ha convertido la Red constituye una oportunidad extraordinaria para sembrar progreso allí donde más falta hace. También para abrir las puertas cerradas al saber que todavía hoy se apuntalan en las dictaduras más retrógradas que aún persisten. Si somos capaces de anular las inercias que mantienen los privilegios de la mitad próspera y seguimos sin alentar la conquista de progreso de los desheredados, nada habremos conseguido. Por eso, es necesario que el Consell impulse con claridad políticas de inversión en I+d+i que nos permitan colocar a nuestras empresas y a nuestro sistema educativo en el siglo XXI, en una sociedad del conocimiento que ya augura toda una edad de la información. Ése debe ser nuestro compromiso con los valencianos que esperan un gobierno valenciano menos volcado a veleidades mediáticas de escaparate y más comprometido con una sociedad que, hoy por hoy, va por delante de sus políticos.