sábado 5 de noviembre de 2011

La “Vila” de Castelló: constitución de un espacio urbano

“Som teixidors que sargim les robes d’un vell ordre”
Francesc Parcerisas

Una ciudad es un espacio sobre el que proyectamos nuestros sueños y nuestros deseos. Los espacios de la Modernidad y del progreso son, sin duda, espacios urbanos. Y la prisa es un serio inconveniente para desgustarlos; vamos y venimos agitadamente tantas veces sin apreciar y sin saborear ese tejido tan especial que es el corazón de nuestra ciudad en donde permanece escrita la secreta historia de nuestros antecesores. Son rasgos, construcciones, pavimentos, fachadas... En el tejido urbano de la ‘Vila’ de nuestro Castelló permanece aún visible el viejo Castelló medieval, y esa trama –como una misteriosa figura en un tapiz- forma parte de nuestra memoria colectiva y constituye una base determinante de nuestras señas de identidad. Son palabras de un viejo sabio, “fidelidad a lo antiguo, comprensiva simpatía para lo nuevo”.
Este año conmemoramos el acta de nacimiento de la historia ‘urbana’ de Castelló, su ‘Carta Pobla’; y ese acta de nacimiento implica la aparición de una especial distribución del espacio: la 'vila’ y el ‘terme'. Como nos recuerda Carles Rabassa Vaquer, durante la época medieval la Villa de Castelló presenta un acusado carácter rural, a pesar de sus dimensiones y de la diversificación económica que la caracteriza: “convenen e conflueixen moltes gents de Morella, del Maestrat e de altres parts per comprar salses, mercaderies... de manera que tenen la dita vila així com a maestre a manera de una ciutat.” Y en la “Vila” se dieron cita y convivieron tres culturas: la cristiana, la judía y la musulmana, y sus respectivas lenguas. Y esa diversidad y la aceptación de la diversidad, la multiculturalidad y el multilingüismo siguen constituyendo uno de los rasgos característicos de nuestra ciudad, especialmente palpable en estas calles viejas e íntimas, con casas populares de una sola planta (como muy bien ha estudiado Ferran Olucha), con secretos arcos apuntalados de sillería formando crujías paralelas a la calle, casi todas ellas con “terrat” plano y con patio en la parte de atrás, como puede observarse en la calle Caballeros o en la calle Mealla. Son barrios que nos devuelven la historia de la ciudad a flor de piel, y nos proyectan hacia un futuro esperanzador de paz y sabia convivencia. Son barrios que nos han enseñado sabias formas de cultura, una cultura que a través de los siglos ha sabido dar paso a una ciudad moderna. Y para muchos ciudadanos constituyen una opción de vida. Porque suele suceder que nuestro corazón funciona como una ciudad, tal y como el poeta José Luis Puerto nos ilumina con sus versos:
“Cómo nos pule el tiempo
Y deja en nuestros labios su pátina de herrumbre
Y aloja en nuestros ojos
La ceniza gastada en tantos fuegos (...)
Criaturas al revés –como dijera Rilke-,
Por estar frente al tiempo,
Frente a la muerte nuestro rostro.” ( ‘De la erosión del tiempo’ )
De la estructura administrativa del primer Castelló, surge la división de la Villa en seis parroquias o distritos que, tal y como nos indica Carmen Díaz de Rábago, vinieron a ser: San Agustín, Santa María, Santo Tomás, San Pedro, San Juan y San Nicolás. El cristianismo es referente indiscutible de nuestra historia y de la configuración de su espacio urbano. Por eso, la recuperación de la celebración de la Fiesta de Sant Roc de la Vila no es un hecho casual ni anecdótico, porque toda sociedad debe saber elegir qué salva del olvido. Estas fiestas populares en torno a la estructura espacial del barrio, tienden a organizarse en torno a prácticas procesionales dentro de un recorrido urbano que refuerzan los lazos familiares y de amistad entre el vecindario, a la vez que constituyen una invitación abierta al resto de convecinos y forasteros.
Tal vez seamos el sueño de la brevedad de estas calles, tal vez su sabia y sencilla continuidad a lo largo del tiempo. Hemos recibido un sabio legado de nuestros mayores. Es responsabilidad nuestra cuidarlo y acrecentarlo. Dice un filósofo, autor de aforismos, que “la vida es tan breve que ni tan siquiera da tiempo a recoger y recordar una tradición. Sólo da tiempo a recoger y recordar algo así como la sonrisa de tu padre, o el olor del jazmín el último día de verano” (J. L. Villacañas, Summula). Ese es el secreto de la misteriosa figura en el tapiz que nuestra ciudad teje lentamente...