A principios del siglo XX asistimos a la ruptura modernista y a la renovación ideológica y formal de la novela española. Hemos seleccionado un ejemplo “valenciano” ligado a una singular fecha histórica, reconocido por la historiografía y la crítica como texto emblemático del afianzamiento de lo que hemos venido llamando La Edad de Plata.
1902 es un año clave en la vida española. Desde el punto de vista cronológico, baste con recordar apenas la mayoría de edad de Alfonso XIII, en Barcelona estalla la huelga general revolucionaria y tres escritores del momento publican tres novelas clave en su producción literaria: Vicente Blasco Ibáñez, Cañas y Barro; Azorín, La voluntad y Pío Baroja, Camino de Perfección.
Entre La voluntad y Camino de perfección, aparte de la fecha de aparición, las similitudes y paralelismos son innumerables. Blasco Ibáñez, Azorín y Baroja publican las novelas de la insatisfacción de una pequeña burguesía provinciana que ha culminado su proceso político de radicalización. Estas novelas de 1902 reaccionan contra “el ridículo siglo XIX” mediante autobiografías generacionales impregnadas de simbolismo que intentan romper con el caduco modelo novelístico decimonónico anclado en un realismo mecanicista y sociológico.
Todas ellas tienen puntos en común. Son novelas que relatan la lucha interior de sus personajes por encontrar una solución vital al conflicto de incorporarse a la vida en un ambiente que les resulta extraño.
La generación del 98 muestra el precipitado final de la ideología del siglo XIX español, que se había expresado sólo a medias en la “generación de la Restauración”.
La amistad de ‘Azorín’, Baroja y Maeztu trasciende hasta la acción pública, y tiene reflejo ficticio en La voluntad, cuando se menciona el manifiesto que han redactado los tres amigos Juan, Pedro y Pablo (respectivamente ‘Azorín’, Baroja y Maeztu en la novela) para apoyar la campaña anticaciquil de Antonio Honrado (Joaquín Costa), llevándolo ante el jefe del partido (el republicano Nicolás Salmerón) y al filósofo y exministro Pi y Margall.
Hay, en efecto, otras novelas de 1902: Valle Inclán publica Sonata de otoño y Unamuno, Amor y pedagogía. En ellas podemos encontrar un protagonista desilusionado. Igualmente en el panorama internacional, se publican El inmoralista (A. Gide); El perro de Baskerville (A. Conan Doyle); Las alas de la paloma (H. James), por citar sólo textos universalmente conocidos.
Pío Baroja estuvo unido a Azorín por estrechos vínculos de amistad personal y literaria; una parte crucial de su vida estuvo ligada a la ciudad de Valencia y al entorno valenciano, entre el que cabe señalar sus relaciones con la familia Alloza de Castellón y sus estancias en La Plana. Su importancia consiste en ser acaso el único gran “novelista español” del siglo XX, cuyo estilo es un soplo de aire fresco frente a la estancada narrativa decimonónica. En conjunto, podemos decir sintéticamente que el objeto de su relato es la fisonomía moral de la España contemporánea. Baroja es subjetivo, apasionado e impresionista: un contrapunto a la narrativa de Galdós. Tras la visión de Baroja aflora la nada existencial, el nihilismo que apunta hacia una vida sin objeto, que a veces se ha complementado con la complicidad acrítica de sus admiradores. Recordemos que en los últimos treinta años de su vida, sus libros fueron cada vez más fragmentarios hasta convertirse en series de tipos, personajes e impresiones, sobre un fondo de reconstrucción histórica del pasado inmediato. Su pesimismo se salva a través de su humorismo sentimental.
La modernidad de Baroja radica, entre otros aspectos, en la singular pregunta sobre el sentido de la vida que trasluce la sospecha, como en los últimos realistas europeos, de un mundo absurdo. Su mundo es el de la crisis intelectual del fin de siglo, con la herencia decimonónica de una Europa brillante y conspiradora en la que el joven Baroja luchó por encontrar su lugar como novelista. Ortega y Gasset profetizó que “dentro de cincuenta años, los libros de Baroja tendrán principalmente valor de síntomas nacionales”.
Pío Baroja nos parece, a los lectores de hoy en día, un autor alejado en el tiempo y en el espacio. Sin embargo, este autor y esta novela, vistos desde la celebración del centenario de su edición: 1902-2002. Sin embargo, y como intentaremos analizar en las páginas que siguen, Baroja visitó y conoció la capital y las tierras de La Plana, hasta el punto de convertirlas en materia narrativa de una de sus novelas más logradas y singulares.
Hasta el día de hoy, y tal como nos confirman los editores del Epistolario “Pío Baroja-Eduardo Ranch Fuster”, Amparo Ranch y Cecilio Alonso, es escasa la bibliografía epistolar en torno al tema que nos ocupa. Sin embargo, el trabajo ejemplar de la familia Ranch con la inestimable colaboración de Cecilio Alonso, nos han permitido acceder a un corpus valiosísimo de cartas que nos revelan la personalidad y las relaciones literarias de Pío Baroja a lo largo de la primera mitad del siglo XX.
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Baroja nace en San Sebastián el 28 de diciembre de 1872. Inicia el Bachillerato en Pamplona y cursa el último año en el Instituto San Isidro de Madrid. Se matricula en la Facultad de Medicina en 1887 y, al margen de las actividades académicas, en la Unión Liberal de San Sebastián, le publican varios artículos. Debido a un nuevo destino de su padre, la familia se traslada a Valencia (1891). Carmen, la hermana menor, recibe clases en un colegio de monjas; sus hermanos, menos Ricardo, que quedó en Madrid, van a la universidad. Al año siguiente Darío enferma de tuberculosis. Baroja, que se afana por sanar a su hermano, estudia con ahínco y en año y medio termina la carrera. Cree que la enfermedad se ha estacionado, y vuelve a Madrid para cursar el doctorado. Se doctora en Madrid en 1893, con el título: El dolor. Estudio psicofísico. En febrero de 1894 ha de acudir rápidamente a Valencia: Darío está gravísimo y fallece al día siguiente de llegar él. La familia deja el piso de Valencia y se traslada a Burjasot. Con ella Baroja pasará el verano de 1894. Informado de que existe una vacante de médico titular en Cestona, la solicita y se la conceden. Tras diversas vicisitudes, en 1902 deja definitivamente la panadería que regentaba con su hermano para dedicarse de lleno a escribir. Recordándolo dirá:
“Mi período de vida preliteraria ha tenido tres épocas: ocho años de estudiante, dos de médico de pueblo y siete de panadero. Al cabo de estos años, ya en las proximidades de los treinta, comencé a ser escritor”
(Juventud, egolatría)
Como señala Ángel del Río: “Toda su obra está motivada por el deseo de llegar a una nueva patria espiritual a través de la negación de la patria política y a descubrir la dignidad del hombre a través del nihilismo, rasgo que le asemeja a los existencialistas” (Historia de la Literatura). Interesan sus apreciaciones sobre la novela que son réplica a las posiciones de Ortega a partir de 1918. La idea central de Baroja es la del arte como reflejo de la vida.
Precisamente en el segundo capítulo de Camino de Perfección, expone alguna de sus ideas sobre la novela:
“Lo que sí creo es que el arte, eso que nosotros llamamos así cierta con veneración, no es un conjunto de reglas, ni nada, sino que es la vida: el espíritu de las cosas reflejado en el espíritu del hombre. Lo demás, eso de la técnica y el estudio, todo eso es m...”
La aparición de la novela de Baroja se celebró con un banquete en su honor, en el Parador de Barcelona, el 25 de marzo de 1902, organizado por Rodríguez Sierra y Azorín, con asistencia de Maeztu, Valle Inclán, Silverio Lanza, Ortega Munilla y Galdós, entre otros. En sus memorias, Baroja no recuerda dicho banquete con agrado.
En cuanto a sus teorías sobre la novela, cabría revisar alugnos tópicos como el del desaliño artístico y su singularidad estilística, cuando tal vez su desaliño no sea más que el deseo de borrar de una vez toda una pesada tradición retórica decimonónica.
Camino de perfección ha sido considerada una de las novelas más trascendentales del autor, y su primera gran novela en el orden cronológico (La Busca es dos años posterior, 1904). Su protagonista es un ser frustrado por la oscilación entre una sexualidad problemática y unos morbosos impulsos místicos infundidos por el peso del ambiente tradicional, que ha anulado su voluntad.
Destaca la huida como salida de este ambiente, en una sucesión de viajes de gran valor para el descubrimiento lírico del paisaje de Castilla, acentuando los matices que sirven al propósito del autor, y que constituye uno de los momentos más impresionantes de la obra del novelista.
La relación entre Baroja, los Alloza y Castellón tiene un intermediario hoy poco conocido: Eduardo Ranch Fuster.
Eduardo Ranch no fue un autor literario propiamente dicho, pero fue un gran admirador de la obra de grandes intelectuales del noventayocho: Unamuno, Azorín y Baroja. Ranch fue, durante los años de la Dictadura de Primo de Rivera, simpatizante de algunos grupos cercanos al republicanismo, y fue redactor de la sección artística de La Correspondencia de Valencia, así como colaborador en medios periodísticos y radiofónicos de la ciudad. Quizás cabe destacar especialmente su participación como impulsor del grupo inicial de Taula de lletres valencianes.
Leandro Alloza.
Ingeniero autor del proyecto del puerto del Grau de Castelló.
Casado con Concha Pastor. De este matrimonio nacieron dos hijas, fallecidas prematuramente de difteria y un hijo, Antonio Alloza Pastor, miembro de la Junta de Obras del puerto y Tesorero de la Junta de la Cofradía de Lledó en las fiestas de coronación de la patrona en 1924.
Según nos refiere Juan A. Balbás a Leandro Alloza le obsequiaron con una manifestación afectuosa de despedida el día 24 de agosto de 1890:
“Manifestación imponente y numerosísima en la ciudad de Castellón en honor de D. Leandro Alloza, ingeniero jefee de obras públicas, por haber sido trasladado a Tarragonam al siguiente dia de tomar posesion de la jefatura de esta provincia”
Antonio Alloza Agut (Castellón, 1842-1905).
Poeta. Procurador de tribunales. Perteneciente a una familia muy vinculada a los ambientes religiosos de la ciudad. Hermano de Leandro Alloza.
Su nieto, Antonio Alloza Bermell, mandó el piquete que rendía honores a la virgen el día 4 de mayo de 1924, en la ceremonia de la coronación pontificia y canónica de la imagen.
Autor de la letra de la “Salve Popular” bajo el nombre de “Plegaria”.
En 1885 escribió un largo Himno dedicado a la Virgen de Lledó, que conocemos por haber sido publicado en 1924. Como señala Mossen Josep-Miquel Francés:
“En esta ocasión Antonio Alloza hizo gala de su erudición sobre temas teológicos y bíblicos, estableciendo bellísimas alegorías entre María y las heroínas del Antiguo Testamento. El resultado es una composición al gusto de la época, de un gran lirismo. Pero la obra que ha perdurado con el tiempo fue aquella sencilla oración, la “Plegaria”, escrita sin demasiadas pretensiones, a la que puso música el docto sacerdote”.
