(Un socialista, Gerard Cabanilles, ha publicado hoy en la prensa este artículo de opinión. Lo he leído con la atención que se merece. Lo cuelgo en mi blog "por coherencia y dignidad")
En las elecciones generales de 2008 participé como responsable de comunicación de la candidatura del PSPV en Castellón, que encabezaba Jordi Sevilla. A las ocho de la noche de aquel 9 de marzo, sentados en una mesa de trabajo de la sede electoral esperando resultados, los sondeos a pie de urna de las televisiones apuntaban la posibilidad de que el PSPV ganara en Castellón y obtuviera en consecuencia tres diputados, por dos el PP. A las ocho y un minuto Jordi Sevilla recibió una llamada telefónica de Ximo Puig, el candidato en 2011, felicitando al ministro por el resultado y congratulándose.
Veintinueve minutos más tarde, cuando los primeros recuentos despejaban las dudas iniciales y daban el tercer diputado al PP, Ximo Puig servía unas declaraciones a la prensa en las que denostaba a Sevilla, le profería graves descalificaciones, le pedía la dimisión, y poco menos le decía que no se acercara más por Castellón.
En 2008 el PP de Juan Costa acabó sacándole 15.000 votos al PSPV de Jordi Sevilla. Ayer, el PP de Manuel Cervera le sacó 69.000 votos al PSPV de Ximo Puig, y éste ha perdido 53.000 votos respecto de los resultados del PSPV en 2008. Para ser justos, 52.903.
Podrá aducir que la debacle ha sido general, que se ha conservado el número de diputados, etc, etc, etc. Pero por coherencia, con los mismos argumentos con los que la noche del 9 de marzo de 2008 iba llamando a la prensa para pedir la cabeza de Jordi Sevilla, ahora debería servir la suya propia sin que nadie se lo pidiera. Sin olvidar, además, que Ximo Puig ha sido el coordinador de esta campaña en el ámbito autonómico, y sólo se le ha ocurrido el único mensaje de que el PSPV es el garante de las políticas sociales. Doble motivo, pues, para que vuelva a desempolvar su vocación periodística, se siente en la silla de una redacción, y deje que otros recompongan o refunden este maltrecho PSPV.
Ximo Puig lleva ocupando cargos de representación política desde hace casi tres décadas sin que su bagaje justifique esa supervivencia política. En las dos ocasiones consecutivas en las que encabezó la candidatura autonómica en Castellón, en 1999 y 2003, no rebasó los nueve diputados. Venía con el precedente de otro fracaso como aspirante a presidir la Diputación en 1995, y ayer sumó su mayor hazaña con un estrepitoso desastre que, se mire por donde se mire, no puede tener otra respuesta que la dimisión inmediata y la renuncia al escaño.
Pero a él le da igual, ya tiene lo que quería, aunque lo cierto es que no va a poder eludir responsabilidades que le son específicas. Y esas responsabilidades específicas son las siguientes: la confección de las candidaturas al Congreso y al Senado ha sido un cambalache en el que Ximo Puig, blandiendo cuotas y maniatando al secretario general, sólo ha tratado de colocarse él, y los suyos. Pero el desastre ha sido de tal magnitud que incluso lermistas que sólo por el hecho de ser lermistas ocupaban puestos de salida, se han quedado sin escaño. Que se lo pregunten al bueno de Toni Such. Su abnegada fidelidad a Puig ha sido en balde.
OTRA DOSIS DE COHERENCIA
En la noche electoral de los pasados comicios municipales, el 22 de mayo, el secretario local del PSPV de Castellón y ahora candidato número tres al Congreso, Pep Lluís Grau, se dirigió a la prensa exigiendo la dimisión del candidato a alcalde, Juanma Calles, a quien incluso exigió, no sin una vergonzosa humillación pública, el acta de concejal, porque había perdido 9.000 votos respecto de las elecciones de 2007.
Ayer, Pep Lluís Grau, como candidato de la ciudad de Castellón al Congreso, perdió 16.000 votos en la capital respecto de las generales de 2008. Para ser justos, 15.937. Por dignidad, pero sobre todo por coherencia, Pep Lluís Grau debería dimitir hoy mismo de secretario general en la ciudad de Castellón, también de concejal, y además renunciar a ocupar acta en el Congreso en el improbable caso de que Ximo Puig tenga un alarde de dignidad y renuncie al escaño. Pero me da la impresión de que topamos ante uno de los más apabullantes casos de miseria humana.
OTRA DOSIS DE INDIGNIDAD
En el congreso nacional que llevó a Jorge Alarte a la secretaría general, en el otoño de 2008, entre las paredes del Palau de Congessos de Valencia resonaban los gritos de los delegados justo antes de la votación, con los que pedían “¡Cambio, cambio, cambio!”. Lo recuerdo emocionado. Jorge Alarte prometió ese cambio, embaucó a los representantes de la militancia, y al final frustró todas las esperanzas depositadas en él, propiciando uno de los mayores engaños que ha dado de sí el derecho constitucional de participación política a través de unos instrumentos que se llaman partidos.
Los delegados no dieron la secretaría general a Jorge Alarte para que éste dejara la dirección del PSPV justo en manos de quien perdió aquel congreso. Alarte ha primado su propia estabilidad y pervivencia política, sobre los anhelos de quienes, de buena fe, le otorgaron la secretaría general. En pro de una integridad mal entendida y más malintencionada, Alarte ha regalado a Ximo Puig lo que Ximo Puig no supo ganar en un congreso. Ahora Ximo Puig ya tiene a los suyos repartidos por todas las instituciones sin importarle el ridículo político de un partido de la tradición del PSPV. Ahí está el gran lermista Joan Calabuig levitando bajo la cúpula de cristal del Ayuntamiento de Valencia; ahí está Alfredo Boix haciendo de muletilla de Alarte en las Cortes y en Blanqueries; ahí sigue Carmen Montón. Que me desvelen la gran aportación de Carmen Montón a la política valenciana después de no sé cuantas legislaturas en el Congreso. Ahí está Herick Campos, otro de los “nuestros” con otra legislatura en Madrid por delante, o Susana Ros, la protegida de Francesc Colomer. Ah, Francesc Colomer, que sutilmente, como sólo él sabe, ha pasado de puntillas por esta campaña de las generales presumiendo lo que se ha consumado, y que amenaza con presentarse de nuevo a secretario provincial después de haber propiciado bochornosos episodios.
Jorge Alarte debe dimitir de forma inmediata de secrtetario general y de diputado autonómico, sin esperar al calendario que marquen los procesos congresuales, por haber frustrado esperanzas y por su vil traición a quienes confiaron en él. Y si no quiere dimitir con esos argumentos, que lo haga por haber cosechado de forma consecutiva los dos peores resultados que ha obtenido jamás el PSPV.
Gerard Cabanilles
