lunes 28 de noviembre de 2011

UTOPÍA DE LA HOJARASCA





En Castellón la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión nos llega con la luz tibia del otoño mediterráneo. Y se nos instala, como un viejo amor reencontrado, en el corazón de la ciudad que, durante unos días, se anima a la circulación -sin fronteras de lengua ni de nación- de libros, revistas, cómics, grabados, cromos, mapas y pasquines.
La ciudad es, entonces, como aquel soneto de Baudelaire, las “Correspondencias”. Cada calle un verso, con las plazas y esquinas del color de las vocales. Un soneto en donde cada objeto responde a una armonía interior, misteriosa e invisible, a un mundo utópico y ucrónico, donde los objetos, impregnados de una textura diferente, remiten a otra realidad intensa y profunda.
En la mágica Plaza de Santa Clara (sede del antiguo convento del mismo nombre), las casetas de los libreros sustituyen a las celdas monacales con una melancolía que endulza la tristeza de saber que cada día somos un país menos culto, tal vez menos libre...
Uno siente cierta fiebre cuando se adentra en ese misterioso bosque que los amigos libreros han trazado en el mapa de la plaza: Toni Lorenzo, del Asilo del Libro; José Luis Castillo de La Idea; Antonio Sanz de El Cárabo... y tantos otros con quienes hemos compartido la pasión por un ejemplar raro o antiguo.
Este bosque de libros, con sus mágicas hojas, sus secretos y sus pócimas de discursos milenarios, nos llama a la aventura de lo nuevo en el sayal sagrado de lo viejo.
En el momento actual, en que nada dura demasiado, estos libros dicen el mensaje contrario de los telediarios y los anuncios publicitarios, son el reverso tranquilo del postcapitalismo y la barbarie en que otros educan a nuestros hijos.
Dicen que el tiempo pasa suavemente y que las cosas buenas, tratadas con cariño, perduran. Dicen que todos estos libros no pertenecen eterna ni enteramente a nadie, que son como bosques maravillosos en los que podemos sentarnos a leer una tarde, que podemos compartir sin demasiado afán y sin ofrecer ni esperar nada a cambio.
Es un nuevo paraíso del que todavía no hemos sido expulsados, como diría Manuel Vicent, y de cuyos árboles de la vida, y de la ciencia del bien y del mal, aún no han caído definitivamente las hojas.
Los libros –como nuestras vidas- tienen también su primavera y su verano, y su otoño inmarcesible en este bosque lleno una hojarasca de palabras que nos inunda con su tacto y su sabiduría. Del corazón de la ciudad llegan al nuestro correspondencias poéticas, mensajes alternativos de que los monstruos de la globalización y de la guerra huyen cuando la cultura tiene la forma de un libro entre las manos.
En un mismo minuto se puede viajar desde las traducciones de Johannes Bonie a mediados del siglo XV, hasta algún ejemplar de la biblioteca mágica y neumática de J. Rosenthal (1899); desde los catálogos de libros del barón Alphonse de le Ruble a ejemplares de la colección de André Breton en el siglo XX. Es un camino secreto y maravilloso que se puede recorrer gratuitamente.
Tras contemplar la Bibliografía aeronáutica de Gaston Tissander, con todas las obras científicas e imaginarias inspiradas por el vuelo, buceando en esta utopía de la hojarasca, yo he encontrado un libro no escrito todavía, instalado en una ciudad invisible, una ciudad donde los lectores saben que los libros son necesarios como el aire o como el agua, como el tiempo que se destila en cada una de sus hojas.
Y he soñado que ese libro era posible, que acercándome con sigilo a la Plaza de Santa Clara y, tras conversar amistosamente con los amigos libreros, ese libro tenía la consistencia de las realidades firmes. El espíritu de su letra estaba recorrido de libertad y de fraternidad, y para todos ofrecía por igual sus páginas. Y he sabido que ese país de los libros, la patria del escritor, era un país libre, lleno de imaginación, de sueños y de compromisos. Fiat lux
.